Vida y obra. Luis Terán

Luis Terán - 2

Artista: Luis Terán
Dónde:
Galería Alberto Sendrós
Título: 
Vida y obra
Fechas:
8 de agosto al 6 de septiembre y del 14 al 27 de septiembre 2013

Luis Terán - 11

Luis Terán - 17

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Texto

Pequeños y grandes sucesos en el trayecto de los materiales

Como tantos otros artistas que se afirman en el alivio de la clasificación, Luis Terán podría haber decidido qué clase de escultor ser. Consagrado a la abstracción geométrica. Minimalista. Figurativo hiperrealista. Conceptual con preocupaciones políticas, ecológicas, de género, de identidad. Pop. De la basura. Monumental. Qué simple y grata sería su jornada en el taller y qué tranquilizadora, después, la lectura de sus obras en línea con lo esperado.
Pero Terán no tiene agenda: lo llevan los materiales. Y no hay mucho que se pueda decir sobre ellos hasta que no hayan sido percudidos, horadados con herramientas preexistentes o creadas a tal fin. Sus piezas son fases de procesos de investigación que podrían ser eternos. Eventualmente, si tuviera que pertenecer a una clase de escultores Luis Terán sería de los que saben reconocer cuál de las formas de un ciclo de transformaciones debe ser apreciada como obra.
La primera pieza de la exhibición, la primera del selecto recorte montado en la galería -un gran ejercicio de autocontrol considerando la cantidad que produce y acumula- pende al borde del peligro sobre las cabezas. Es un móvil de clavos y maderas poco nobles que forman una suerte de constelación, un sistema de estrellas pesadas y oscuras. A Luis se le había ocurrido un título largo que, por inspirado y elocuente, corresponde citar: “Caminé mucho tiempo molesto por los abrojos, sin darme cuenta de que estaba transportando semillas. Semillas de abrojo”.
Bajo el hechizo de los materiales, brillan los restos de historias pasadas. No es que a Terán le guste revolver entre lo que la gente descarta, es que esos pedazos de cosas lo llaman y le piden una sobrevida. Él los acoge para soldarlos, hacerles un millón de perforaciones, bañarlos en yeso o ensamblarlos unos con otros. Por ejemplo tomemos este chorizo de cemento. Tiremos de su extremo porque cuelga justo frente a nuestras manos y porque parece de plástico y a la vez no, y se ve tan liso que invita a ser tocado. Fabuloso destino para tres hierros que supieron ser parte de bases de columnas: activados por la manipulación de este palo colgante, los metales al otro extremo del cordel bailan y repican como campana celestial.
Terán admite que ésta es hasta ahora su muestra más personal y narrativa. Que se hacen carne algunos preceptos de su formación católica en las esculturas; les reconoce mandatos de sacrificio, esfuerzo, austeridad. Una vida y una obra signadas por la ética del trabajo, el nunca-dejes-de-hacer. La muestra comparte los valores de un niño bueno que muy cómodo en la soledad de su mundo sonríe al destrozar sin misericordia los juguetes para ver qué tienen adentro.
Hay otra pieza que es un díptico, una relación entre energías dispares. Lo que sucede entre ellas es mucho más que tensión formal, se hizo la prueba y es imposible separarlas. Y si bien es necesario evitar la expresión curatorial barata “las obras dialogan”, en este caso no se puede dejar de pensar qué se dicen el aro geométrico de hierros finitos pintados de color y esta columna de Brancusi povera, hecha de envases descartables tapados con yeso: sin dudas traman algo sexual.
(Sobre una de las paredes surge un bajorrelieve que corre el riesgo de fagocitar todo lo que lo rodea. Convenimos en que es mejor dejar que actúe y no dedicarle más palabras).
Tal vez tampoco se debería hablar -porque no está en la muestra- de la escultura de clavos que aparece en el catálogo, presentada como máscara reversible. Palpita en ella un compendio de ecos que podrían reverberar en las mentes de quienes la miren. La cabeza de Geniol; el monstruoso Pinhead de Hellraiser el pacto; los maniquíes erizados de la serie Subjecter de Thomas Hirschhorn; el accesorio de Maiko Takeda que usó Björk en varios conciertos recientes. A Terán no le afectan esas vibraciones y, mal que les pese a los policías de la originalidad, no se ve impelido a reconocerlas como influencias. Para él, simplemente, esta máscara es el giro accidental que descubrió al dar vuelta el escudo que se estaba fabricando: “la estructura del molde directo de mi cara da una calavera; la máscara que me hace invulnerable tiene el rostro de la muerte”.
La edición en la sala se completa con un friso de rodajas de botellas que se expande a lo largo de una pared. Es el mismo vidrio que la paranoia doméstica hace proliferar sobre las medianeras, pero estos trozos fueron seccionados con suma dulzura y clavados con el filo hacia abajo. “No puedo proteger lo que quiero”. Si Terán hubiera optado por ser artista político, esta obra sería pan comido. Lo mismo si buscara el chiste intertextual replicándole a Jenny Holzer. Pero no. Estos vidrios son las horas de trabajo en el corte, la prueba, el error, el hallazgo de la forma. Si tienen que hablar de algo, que sea poéticamente de un fracaso. Y hablando de contingencias que definen el destino de los materiales: quién puede negar, por otra parte, que la luz del sol se vería bellísima atravesando estas absurdas tejas translúcidas.

Eva Grinstein

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