Egregor. Oligatega

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Artista: Oligatega
Título: Egregor
Curador: Rodrigo Alonso
Dónde: Pasto
Fechas: 17 de septiembre al 24 de octubre 2015

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Galería de imágenes, texto y links

OLIGATEGA es un colectivo de artistas formado en 1999 por Mateo Amaral, Mariano Giraud, Alfio Demestre y Maxi Bellmann. Su trabajo investiga formas experimentales de narración y creación de relatos colectivos, utilizando imágenes relacionadas a la fantasía y la ciencia ficción. Sus formas de trabajo incluyen instalación, performance, video, dibujo, pintura y sonido. Formaron parte de la Beca Kuitca 2003-2005 y expusieron en MUSAC (España), Museo de Arte Moderno BA, las galerías Daniel Abate, Foster Catena y el Premio Petrobras (arteBA).

Las crónicas de Mobo6. El egrégor, el museo y el tren

Egrégor. Del latín egregoroi: velar, estar despierto, consciente

“Había una vez cinco caballeros que habitaban una tierra mítica conocida con el nombre de Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón. Una energía singular emanaba de ellos a pesar de los estrechos horizontes que constreñían su inabarcable reino. Ante el temor de ver agotadas sus potencialidades creadoras, los hidalgos conformaron un egrégor y unieron sus voluntades para dar vida a un ser, al que llamaron Mobo6”.

En la fábula fundacional de Oligatega, Mobo6 representa el espíritu de conjunto, un sexto integrante dotado de un carácter distintivo que a lo largo de los años ha desarrollado una suerte de personalidad propia. Casi nada en él recuerda a sus progenitores. Sus trabajos son complejos, osados, ambiciosos y sumamente heterogéneos. Pueden tomar la forma de una instalación o de un grito, de un dispositivo tecnológico o de un set audiovisual. No obstante, su producción es en todo consistente. Presenta motivaciones y regularidades, estrategias creativas focalizadas, una materialidad singular, una búsqueda estética clara y hasta obsesiones recurrentes.

Bajo el influjo de Mobo6, Oligatega ha erigido un universo imaginario que integra elementos de la ciencia ficción, la memorabilia retro, las fantasías de todo tipo, los artefactos obsoletos, la psicodelia, lo monstruoso, el absurdo, el ciberpunk. Sus trabajos suelen poseer un sustrato narrativo implícito, una arquitectura ficcional que es, al mismo tiempo, un punto de partida para la creación y una interfaz con el espectador. Ellos son, asimismo, escenarios que habilitan la inmersión, que invitan a penetrar en sus rincones, que activan relatos, ilusiones y memorias.

Hay casi siempre algo de infantil y algo de inaprehensible en sus territorios poblados por misteriosos personajes. Pero hay también una materialidad que es, a la vez, precaria y sofisticada. Una mezcla íntima de altas y bajas tecnologías, una atmósfera hi & low unida a una celebración del bricolaje que no oculta el gusto por lo indeterminado y lo artesanal. Este costado pone al desnudo el interés del grupo por la sensorialidad y la emoción, por el color, las texturas, la tactilidad y el tiempo real de la experiencia – por lo general, compartida, en inauguraciones y sesiones de VJ.

El motivo obstinado del tren que recorre una extensión poblada por objetos escultóricos inefables, resume muchas de estas orientaciones. La precariedad y la tecnología, la fantasía y el sinsentido, la ficción y su agotamiento, el encanto y la abulia, se dan cita aquí, impulsados por la fascinación del niño que no se cansa de oír la misma historia una y otra vez. Esta estructura de loop es la que sostiene a gran parte de los relatos digitales, la que encontramos en Internet y en los videojuegos, en los programas informáticos y en la música pop. Una suerte de estructura de la contemporaneidad que en su versión de mesa recupera el sentido de la exploración y la aventura.

Su diálogo con los artistas cinéticos del Museo Nacional de Bellas Artes fue altamente significativo (Bellos Jueves, 2015); éstos también interpretaron los paradigmas de su tiempo industrial en ingeniosas construcciones lúdicas. Esta experiencia vino a coronar la temprana invasión de otro museo en los albores de la conformación del grupo (Monos en el museo, Museo de Arte Moderno, 2002), cuando el espacio institucional era tan ajeno a su legitimidad en el mundo artístico que ni siquiera podía ser tomado en serio.

Hoy la situación es diferente, aunque los Oligatega se las ingenian para desplazarse con soltura entre espacios de las más diversas cualidades institucionales. Los años han propiciado, por otra parte, que sus miembros crezcan de manera individual. Que Mateo Amaral navegue por las superficies extraterrestres, que Mariano Giraud experimente con las impresiones 3D, que Alfio Demestre se interne en las profundidades de la materia, que Maximiliano Bellmann se abisme en flujos y dinámicas vectoriales.

Pero el espíritu de conjunto está muy lejos de haberse perdido. Por el contrario, es pura vigilia, atención, ojos abiertos. Es, todavía, un laboratorio en el que se ensayan las fibras de nuestro tiempo.

Rodrigo Alonso

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