La soledad más poblada del mundo. Julieta Barderi, Leonardo Cavalcante, Dolores Casares, Alejandro Montaldo, Nicolás Pontón

Artista: Julieta Barderi, Leonardo Cavalcante, Dolores Casares, Alejandro Montaldo, Nicolás Pontón
Título: La soledad más poblada del mundo
Curadora: Mariana Rodríguez Iglesias
Dónde: Quadro Galería
Fechas: 22 de julio al 26 de agosto de 2017

Galería de imágenes, texto y links

Texto

Sólo contigüidad de velocidades
Sobre la exposición colectiva y reapertura de Quadro
por Mariana Rodríguez Iglesias, curadora.

Los festejos que más me gustan se parecen a un remedio, o un antídoto en tiempos de oscuridad. Antes que el final catártico de un período de esfuerzos dirigidos a un logro –esas fiestas que celebran lo conquistado– me conmueven las fiestas que se piensan a ellas mismas como interminables, aunque a efectos de lo concreto no lo sean. Interminables, digo, porque son como la esencia de un presente puro. En ellas importa más el encuentro a ver qué pasa y en ese “viéndonos juntos”, con intensidad y sin guión, la celebración espontánea le gana a la amargura extramuros.

No es lo mismo salir una noche a bailar a ser invitada a una reunión. Las expectativas –el proyecto de noche– es muy diferente. Siempre me llamó la atención como al estar bailando en una fiesta, rodeada de otros cuerpos que se expresan, que dan y que toman cantidades enormes de energía, me percibo tanto a mí misma que me siento más sola que otras dinámicas grupales. Sola porque el efecto que me produce bailar prestando únicamente atención a mi cuerpo y a la música extremadamente alta me repliega a habitar mi cabeza con una intensidad diferente a como lo hago en el resto del día, en otras interacciones con la realidad. Mientras me muevo y percibo lo que pasa mi alrededor con los demás, el diálogo conmigo misma no para y se profundiza el aislamiento a medida que crecer esa poderosa conexión física con la música. Se vuelve más potente cuando cierro los ojos y, por lo tanto, me meto más y más adentro mío sin percibir los cuerpos en proximidad. Pero no todo es cháchara mental, siempre algo rompe la burbuja en la que estaba y me veo interpelada en alguna pasajera relación con algún desprendimiento de esa masa de siluetas a oscuras que me rodea y que de a poco va tomando la forma conocida o desconocida de una persona. Sea como sea, es un tipo de soledad –a veces bien habitada por palabras o por percepciones– que puede estar cargada de goce y de un absoluto disfrute de mí o tener una tendencia ansiosa y de expectativas no cumplidas en función de esa cantidad masiva de otras personas que me acompañan, con las que nos rozamos, que miro o me miran, con las que podrían suceder mil cosas o ninguna. Estar rodeada y estar sola, en un contexto de aparentes posibilidades y contactos, donde la moneda de cambio es el afecto y el enganche con otras vibraciones y otros cuerpos, el efecto esperable: eso sólo me lo da el estado de fiesta. No pasa en las reuniones. Me refiero a esos encuentros grupales por ocasión de algún cumpleaños, recibimiento o un encuentro de esos que desafían las agendas de todos. En esas reuniones la dinámica es otra y la sensación de soledad por aislamiento no es un tema. El roce, las miradas, los contactos pasajeros o las posibilidades de lo que pueda suceder tampoco lo son. Los grupos suelen estar distribuidos en un living extraordinariamente deshabitado de muebles. Es probable que alguna lámpara haya quedado demasiado baja iluminando una mesa ausente, entonces separa la contienda de amigos a un lado un otro del espacio abierto. La mayoría de las veces sucede que pasada la velada las agrupaciones de afines nunca se mezclaron y aquellos que llegaron a encontrarse con algún conocido de la secundaria, en común con el dueño de casa, se van de la reunión sin haber cruzado palabra con el compañero del trabajo del anfitrión. Tendemos a reunirnos con aquellos que ya conocemos porque implica una buena suma de energía abrirse camino entre desconocidos que se conocen de antes. Así, el efecto es el de mantener un status quo de los afectos, la reproducción de lo conocido. Entre la reunión y la fiesta, son tantas las diferencias como las que hay entre estar acompañada, pero sin mezclarme o sola pero rodeada de otros como yo.

Tomé prestado para el título una frase del extraño y potente ensayo de Peter Pal Pelbart en el que invierte y radicaliza la pregunta deleuziana hacía un Cómo vivir solos. Muy solos, cada vez más solos. Así, conocer el desierto que somos, pero tapamos de innumerables eficiencias y dispositivos de lo subjetivo. El autor imagina así una comunidad en la que no rigen los vínculos de pertenencia ni las relaciones explicativas, sino lo pasajero, las contigüidades. Rescato una serie de preguntas orientadas a pensar una comunidad por venir que me gustaría hacerle también al montaje de esta exposición –una expo colectiva sin un tema que unifique la totalidad, más parecida a una fiesta que a una reunión.

¿cómo sostener un colectivo que preserve la dimensión de singularidad? ¿cómo crear espacios heterogéneos, con tonalidades propias, atmósferas distintas, en los que cada uno se enganche a su modo? ¿cómo mantener una disponibilidad que propicie los encuentros, pero que no los imponga, una atención que permita el contacto y preserve la alteridad? ¿cómo dar lugar al azar, sin programarlo? ¿cómo sostener una “gentileza” que permite la emergencia de un hablar allí donde crece el desierto afectivo?

En un mismo, espacio cuerpos y obras reunidos bailando la misma música, aunque resuenen distinto con cada vibración de los bajos, manteniendo un diálogo íntimo consigo mismas, de manera que los roces entre ellas sean pasajeros. Una metáfora en montaje: “una aparente similitud que sirve como excusa para poner en escena una no similitud”. Una colectiva como una fiesta de soledades y no una reunión de coherencias forzadas. Y en esta fiesta un poco darky, un poco alucinada, mientras ensayo un paso fuera de moda al ritmo de la música, medito sobre esas ideas que hace unos días barajamos con los artistas acerca de sus obras.

Voy a empezar por los extremos de un posible recorrido por la galería. Eso que nos recibe y lo que está más escondido. Sucede que ambos son dibujos, pero de naturalezas distintas. Son, también una estalactita y un fantasma como dos solitarios personajes de una historia delirante. La estalactita de Leonardo Cavalcante interrumpe en la entrada y es un dibujo, pero de hierro construido en el espacio. El fantasma de Dolores Casares se ubica en un recoveco apartado y es la sombra intermitente de una escultura que importa más por el dibujo proyectado que por sí misma. En algo se parecen: los dos juegan con el foco y lo borroso, con esa incapacidad del ojo de tener a la figura y al fondo en un mismo nivel de claridad. Un objeto que remite a lo que crece espontáneamente: la Naturaleza menos como utopía que como incomodidad; la persistencia de un recuerdo que se estructura en su molestia, pero deja ver a través de sí; el mensaje encriptado que llega en un sueño. En los límites del dibujo el plano es tanto un resultado como una negación. En un pendular entre la tridimensión y la bidimensión, la artista vuelve a poner en tela de juicio los artificios que sostienen la veracidad de la mirada. Espacios cocidos, dibujos bordados, esculturas como medio para el dibujo y fantasmas como resultado sólo provisorio.

El fracaso meticulosamente representado en los dibujos de Alejandro Montaldo. La persistencia y la reiteración de un ritual con un sentido preciosista de la descripción, persiguiendo la mímesis para representar muchas, muchas tapas de mendicrim… rotas. ¿qué sentido tiene tomarse más de un año para completar el minucioso retrato de un objeto tan poco valioso hasta completar un número absurdamente alto de intentos/copias? Paradoja: sabemos que algo está ahí sólo cuando falla. O algo sí decía Heiddeger, ¿no? “No nos encontramos con las cosas primariamente como entidades presentes frente a la conciencia. En realidad, las entidades se nos hacen presentes de modo excepcional cuando funcionan mal”. Todo lo que funciona bien, por lo tanto, sería invisible. ¿el artista es aquel que, en una mirada crítica de lo que lo rodea, saca a la luz algo que en apariencia estaría funcionando bien? ¿es quien pone en escena una falla para que esa entidad –invisible por su “buen funcionamiento”– empiece a ser visible?

El espejo es donde nos podemos ver a nosotros mismo, donde nos encontramos con la imagen que tenemos de nosotros, no con nuestra vida interior. Lo que el espejo nos devuelve es sólo una lista de propiedades organizadas que aluden aquello que verdaderamente somos, nuestra esencia. El espejo no ofrece nuestra verdadera intimidad y tal vez ni la más consciente de las introspecciones nos permite ese acceso. Otra vez, un esfuerzo –presente en esta obra de Nicolás Pontón en el trabajo de apilar una carta sobre la otra sin que se caigan– para obtener muy poco o nada. ¿pero se trata de una relación de esfuerzo-ganancia, de expectativa-pérdida? Tiene que haber algo más. Si fuera metáfora, ¿cómo es el ejercicio? La vida interior de un castillo de naipes: fragilidad, lo pasajero y momentáneo por su vulnerabilidad, por lo menos en tanto estructura. Y, sin embargo, allí está, sosteniéndose a sí mismo. Paleta de colores reducido. Objeto para jugar, desde hace mucho tiempo. Elemento para entrar en relación con otros a través del juego o la adivinación. También permite solitarios. Pero este castillo de naipes se completa con su doble simétrico intangible, la pura imagen: su reflejo, tan frágil como el que se puede tocar porque si uno cae, el otro también. En definitiva, esa estrecha relación de sujeción al peligro inminente de derrumbe es lo que nos pone en aviso acerca de lo impenetrable de la esencia de las cosas o de cómo la imagen sólo alude a las cosas dejándonos siempre un coeficiente de vida interior al que no accedemos. Porque, si el castillo de naipes se cae ¿qué pasa con su intimidad, con su esencia? Nada, seguirá siendo esa oscuridad tormentosamente abstracta que era incluso antes de construir ese particular castillo de naipes que se espeja a sí mismo. En el espejado, en que la construcción física y su imagen tengan la misma capacidad de mostrarnos el mundo de eso que vemos, ahí se pone en juego la ejecución de una certeza que me tomó muchas palabras definir.

De las pinturas de Julieta Barderi, me acuerdo que cuando visité su taller me hicieron pensar en cosas que no nos animamos a decir. Entre bastidores apoyados contra la pared y dibujos en el piso, hablamos sobre la indeterminación, sobre suspender lo visible como una manera de suspender la razón: ¿cómo es posible que seamos los humanos capaces de tantas cosas terribles, de violencia y tortura, de guerra y odio? No cabe lógica para eso y sin embargo ahí la tenemos, siempre dispuesta actuar cuando algo no entendemos. Entonces, me acuerdo de Gilles Deleuze que en un ensayo del ‘95 –siempre me llamó la atención lo temprano que llega esta observación– dice algo así sobre el silencio. Propone que sufrimos un exceso de comunicación, que estamos atravesados de palabras inútiles, de una cantidad demente de palabras e imágenes y que sería mejor crear “vacuolas de soledad y de silencio” para que por fin tengamos algo que decir. Vacuolas, compartimentos cerrados dentro de una célula. En las pinturas de Julieta son momentos en los que la soledad y el silencio aparecen como una negativa a ofrecer sentido, a dar imágenes claras, opacar, desmantelar la figuración. Bruma y arenas movedizas: preferiría no hacerlo. No hacer con la pintura en una dirección clara ni totalizante, no hacer figuración, tampoco abstracción y así desterritorializar el lenguaje de la pintura.

Ser un desierto, ser uno mismo. Peter Pal Pelbart, para cerrar:
Es la soledad más poblada del mundo. Lo que importa es que desde el fondo de ella se puedan multiplicar los encuentros. El desierto, la experimentación sobre sí mismo, es nuestra única identidad, nuestra única
alternativa para todas las combinaciones que nos habitan.
“Basta de vínculos, sólo contigüidad de velocidades” Una subjetividad más esquizo, fluida, de vecindad y resonancia, de distancias y encuentros, más que de vinculación y pertenencia. Más propia, tal vez, de una sociedad de control y sus mecanismos flexibles de monitoreo, que de una sociedad disciplinaria y su lógica rígida de pertenencia y filiación.

Links:
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Alejandro Montaldo
Nicolás Pontón
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