Condición y cabeza. Max Gómez Canle

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Artistas: Max Gómez Canle
Título: Condición y cabeza
Dónde: Fundación Klemm
Fechas: Noviembre – Diciembre 2016

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Galería de imágenes, textos y links

Textos

Ir y volver

El conjunto de las bestias no es una serie, es el recorte sobre la irrupción de una figura reiterada, una imagen sintomática que emerge insistentemente hace casi quince años disgregada entre otros grupos de pinturas y dibujos. Condición y cabeza retoma esas apariciones y replantea un nuevo vínculo entre ellas. En realidad, la unidad de trabajo no son las pinturas mismas, es la exposición. Max Gómez Canle no sólo produce nueva obra, en realidad redispone el modo en que se ha organizado y leído su trabajo anteriormente. Porque para él pintar es un ejercicio de edición y autoedición permanente, un modo de reunir lo disperso, de ensamblar lo que parece distante.

MGC procede como los escolásticos, teniendo dos principios precedentes contradictorios fuerza una respuesta consistente con ambos. Así va plegando, multiplicando, hasta producir una red de túneles zigzagueantes que enlaza figuras tan disímiles como Aizenberg, Pombo, Brueghel, Lozza o Gógol. Nunca resta, todo suma. Pero lo hace sin exhibir los perfiles recortados de los fragmentos. Los zurce, va limando los bordes accidentados de sus insumos hasta lograr suturarlos de manera casi imperceptible. Los une como quien retoca con el photoshop, seleccionando, difuminando los bordes, superponiendo layers. Pero con el pincel.

Duchamp vandalizó un paradigmático icono de la pintura, la Mona Lisa, a partir de un simple gesto de desafío escolar: la barba y el bigote. MGC vuelve sobre el gesto, pero para detenerse en su factura, para desbordarlo, para insistir, para pintar detenidamente pelo por pelo hasta volver al mismo bigote una nueva obra y así trastocar el rechazo duchampiano al estatuto artístico. Pintar pelo por pelo también es detenerse en una acción, es circunscribir un ámbito de la cercanía, es reparar en el mismo gesto material que conforma la pintura. Estos monstruos son gesto e imagen simultáneamente. Pintar pelo por pelo también es generar un lugar de reflexión sobre las imágenes, el ejercicio de cierto modo de entender que se da al repintar, al montar, al reorganizar.

Un retrato, como todo género, es un sistema en equilibrio: fisonomía, atributos sociales, capacidad de interpelar al espectador, entorno de ese encuentro, la atmósfera implícita de un intercambio entre pintor y comitente. ¿Qué sucede cuando estos componentes se trastocan? Lo monstruoso siempre aparece como un desorden en las categorías. Uno de los primeros retratos peludos surgieron de una copia hace diez años. Se trata de un procedimiento habitual en MGC: vuelve a pintar aquellos cuadros emblemáticos de la tradición para colgarlos en su casa. También los continúa, los introduce en nuevas narrativas, ensaya otras posibles vías de desarrollo, vence sus equilibrios internos, desordena sus categorías constructivas. En este caso era el retrato de un niño Medici realizado por Bronzino. Cuando lo terminó encontró algo bestial en el rictus del chico y empezó a cubrir su rostro con una densa mata de pelo. En ese momento, se mantenía fresco en él el recuerdo de una puesta de La bella y la bestia de Cocteau que acababa de ver. Luego, en un catálogo, da con el retrato de una auténtica niña barbuda. Era un obra de la pintora renacentista Lavinia Fontana. Así se descubrió volviendo a pintar una imagen que ya tenía quinientos años. Para MGC así funciona el tiempo, la dinámica de la vanguardia y la retaguardia se resuelve en un juego de conciliaciones, en un ensayo de constantes ucronías.

Hace tiempo que en cada exhibición de MGC se hace presente una atmósfera retrospectiva, pero se trata de una mirada hacia atrás que no es inocua, que altera ese pasado y lo infecta de futuras ramificaciones. Si en una retrospectiva se abona la cristalización estilística de un artista, aquí sucede otra cosa. En el derrotero de un itinerario siempre mediado por las imágenes de los otros, en un espacio configurado por múltiples yuxtaposiciones siempre veladas, en la conjunción de layers de distinto grado de transparencia se escenifica un método, una máquina que se recorta sobre la opacidad de una autoría en suspenso.

Federico Baeza

La lucha lenta de la belleza

“Para ser bestia se requiere inocencia”, leemos en el Anticristo. La fauna que habita los retratos de Max Gómez Canle está hermanada no solamente por el efecto de sus intervenciones, por su mirada coleccionista —capaz de una selección que podría adjetivarse como natural— sino también por una gracia anterior, que se acumula en todos y cada uno de los personajes: ese exceso del espíritu que llamamos inocencia.

Lámina por lámina, asombro por asombro, decidió las apropiaciones. La serie, por sí sola, incluso antes del ejercicio de su derecho a la visita (alentado por la Mona Lisa hirviente de Duchamp), podría ser entendida ya como una obra. Durante años estuvo separando materiales, registrando libros viejos, bibliotecas, ferias. Observando lentamente las cosas lentas. Y es como si las láminas, retenidas en los tomos antiguos —tomos que después habría que desguazar para las extracciones—, hubiesen estado esperando el turno de su reencarnación filiforme.

El color de muchos de los originales, con el paso del tiempo, se fermentó hasta alcanzar esa temperatura en la que las obras de Gómez Canle encuentran su punto de ebullición. Temperatura producida por cierta languidez, la del día que termina. Es entonces cuando el paisaje se carameliza, se prepara para las invasiones. Bajo esa luz atardecida se doran montañas y ríos y arboledas y pájaros. Terrenos a los que caen figuras geométricas desde la altura, frutos de un árbol extraño y altísimo, regado por el buen dios de lo incongruente.

Hay todavía más materiales con los que abona Gómez Canle a este ecosistema peloso, al que regresan muchas de las obsesiones que poblaron series suyas anteriores. Y es que estamos ante un universo capaz de dar asilo a esas galaxias, todavía en expansión, en las que formas y colores fisuran el entendimiento. “No creo que mis obras puedan entregar un mensaje en mano”, respondió en alguna entrevista. Los mensajes están, sin embargo, ahí; aunque es cierto que se resisten a una lectura directa y aparecen más a la manera de búsquedas del tesoro, como las de la infancia.

También hay aquí, como ya le conocíamos, reproducciones de obras de los maestros de la pintura. No son, apenas, homenajes. No es belicoso, ni burlón, ni fanático, ni estrictamente reverencial el propósito con que trabaja nuestro fisonomista del tiempo. Es, más bien, la persecución de ese segundo inasible: el que ocurriría después del último que ocurre antes de que el cuadro se congele en el lienzo para nosotros, los espectadores. Lo que se persigue es la ingeniería de un movimiento irreal.

Para configurar este otro mundo, el del futuro del pasado, hace elecciones insólitas de viejos catálogos famosos. Sobre ellas deja caer su delicada brutalización tarda, la de la mano que dibuja la mano de la bestia que intenta dibujar, a su vez, los bordes de una pequeña flor. Ninguna de las dos manos ignora a la otra. De algún modo, se dan existencia mutua. Y es que el uno al cuadrado da uno, aunque la matemática se empecine en confundirnos.

De esa potencia nacen animales de muecas serenas que lo ignoran todo acerca de su condición abominable, una que Gómez Canle viene a reponer con sus gestos micrónicos. Petrificados por la ingenuidad, es como si nunca se hubieran visto a un espejo. ¿Por qué sembrarles pelo? ¿Por qué instalarles frondas, matorrales? ¿Por qué destruirles la lisura con esas cosas muertas con las que cargan los vivos, los pelos? Mantas que pueden crecer incluso después de que el corazón deje de bombear, igual que las uñas: son señales espesas de lo que hay que poner a distancia prudente si es que se prefieren otros estados antes que el de la desesperación. Con esas estelas mortuorias, el viento suele dar la ilusión de que están animadas. Pero no son otra cosa que los desperdicios de un cuerpo que es tan piadoso como para no abandonarlos.

“La canción de los lobos es el sonido del desmembramiento que vas a sufrir; en sí mismo, un asesinato”, escribe Ángela Carter en una de sus versiones crueles de los cuentos de hadas. Los trabajos de Max Gómez Canle no están tan lejos de los procedimientos de la escritora inglesa. La distorsión que él ejecuta sobre los protagonistas produce máscaras, disfraces. ¿Son ocultamientos o, en cambio, revelaciones? Pelucas, bigotes y barbas, desmontados de sus portadores, dicen todavía más de ellos que antes.

Entre los personajes que eligió el artista para honrarlos con su lucha lenta hay incluso uno que se llama Cósimo. Es el único con armadura, cruza de pasado y de porvenir. ¿Hay una pista de lectura, allí? ¿Una más entre todas las diminutísimas señales con las que va forestando sus obras el artista? Es cierto que hay algo en lo que se parecen los propósitos que se dan Gómez Canle y el barón rampante que escribió Calvino (ese chico que decide, en el torbellino de un berrinche, no bajarse nunca más en la vida de los árboles): en la gratuidad, en la testarudez. En la obcecación total y, aunque umbrosa, alegre.

Minúsculos movimientos dispendiosos en la era de la velocidad: con insolencia, aquí se dedica tiempo a labores inútiles, menesteres que nadie prometió retribuir, que a nadie se le ocurriría reclamar.

Las pinceladas, apliques que denuncian una estancia demorada frente al cuadro, funcionan a la vez como estacas para trillones de banderas nuevas, las de la Retaguardia. Aunque las letras bordadas sobre ellas son microscópicas, y el esfuerzo que lleva descifrarlas no es poco, varias versiones coinciden en que la línea flameante reza, en perfecta letra cursiva: preferiría hacerlo.

Valeria Tentoni

Links:
Max Gómez Canle
Fundación Federico Jorge Klemm

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